Corría el ya muy
lejano 1959 cuando, aprovechando las vacaciones entre mi primer y segundo
año del industrial me conseguí un trabajo de cadete en
un bazar del barrio. El objetivo era juntarme unos pesos para unirlos
a unos dinerillos que había estado ahorrando con el fin de comprarme
la ansiada bicicleta.
A principios de Febrero
ya tenía la suma requerida y concreté mi anhelo. Una rodado
28 de paseo, flamante, de un brillante color verde esmeralda de la que,
como no podía ser de otra manera, me enamoré a primera
vista. La retiré un Miércoles y todo el tiempo me resultaba
poco para montar en ella.
El Sábado siguiente,
apenas amaneció, salí de casa a escondidas para realizar
mi primera travesía. Parque Patricios – Aeropuerto de Ezeiza,
ida y vuelta. Esa gloriosa mañana decidí que, al margen
de lo que pudiera ser en la vida, sería Ciclista. Así,
con mayúscula. No porque me sintiera Miguel Indurain (o algo
por el estilo), sino porque mayúsculo sería el sitio que
ocuparía la bicicleta en mi vida. Y así ha sido.
Ese mes tuvo especial importancia
en mi vida: fue un mes de estrenos. Al de la bicicleta hay que sumar
que estaba estrenando mi salida de la infancia con mis 14 años
casi recién cumplidos. Ese mes estrené mi primer traje
de pantalones largos, para el casamiento de una parienta. Ya había
estrenado el cobro de un sueldo en mi primer trabajo. Todo era nuevo
para mí. ¡Y todo olía a nuevo, como mi bicicleta!
En realidad, lo que estaba estrenando era mi vida. Y la vida misma olía
a nuevo.
Y aquí estoy, transitando
en bicicleta por la vida que estrené al mismo tiempo que mi condición
de Ciclista, ahora en un nuevo siglo recién estrenado. Y cada
mañana, al abrir los ojos siento que estreno el nuevo día.
Y, créanlo o no… ¡la vida me sigue oliendo a nuevo!
PERRO CALLEJERO.